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domingo, 20 de agosto de 2017

Más allá de unas frías escamas

Me aferré a sus frías escamas, colocando las piernas a ambos lados de su lomo. Batía sus inmensas alas a una velocidad mareante, a la que había conseguido acostumbrarme a duras penas en los últimos meses. Surcábamos el cielo purpúreo sin rumbo fijo. Traté de poner la mente en blanco, fijando la vista más allá del horizonte, en un intento fallido por borrar de mi mente la imagen del cadáver de mi prometido yaciendo sobre uno de los baúles de la oscura cueva. El chasquido de su cuello al partirse taladraba mi mente, que recreaba el espantoso instante de su muerte, una y otra vez, a cámara lenta. Markus incrementó la velocidad de su vuelo, como si tuviera prisa por llegar a algún lugar indeterminado. Mi estómago dio un vuelco. Vacié el contenido del mismo sobre el lomo de mi captor, que no pareció inmutarse ante aquel repulsivo acto fisiológico, por el que, sin duda, mi prometido me habría reprendido.
            Habría sido un matrimonio de conveniencia. Nuestras respectivas familias pertenecían a la alta nobleza de Kalebra, una pequeña isla al oeste del mar Pedregoso. El carácter violento de Elexei había sido desde mi más tierna infancia el origen constante de tenebrosas pesadillas. Experto cazador, como lo habían sido antes que él su padre y su abuelo, encontraba un placer peculiar en el derramamiento de sangre de aves y ciervos, así como de ciertos depredadores del bosque. Mi madre solía restar importancia a aquel comportamiento sanguinario, haciendo hincapié en sus dotes varoniles; transformando su fanfarronería y altivez en gallardía. Nuestro compromiso se había decidido el mismo día de mi nacimiento, acordándose que el casamiento tendría lugar en la primavera en la que yo cumpliría catorce años. En vano traté de implorar a mis padres que me buscaran un pretendiente más acorde a mi personalidad recogida y pacífica. Para ellos, no existía ningún otro más deseable. Ninguno cuya familia pudiera igualarse a la nuestra en rango, fortuna y reputación. La unión entre ambas estirpes debía realizarse para evitar posibles conflictos venideros. El destino de nuestras familias dependía de ese matrimonio.
            Acaricié suavemente las escamas de Markus, aquéllas que tanta repugnancia me habían causado en un primer momento. Su caso era uno más en la larga lista de seres vivos a los que Elexei había tratado de torturar y eliminar por el mero placer de la matanza. Y por la avaricia que siempre caracterizó a los hombres de su familia. Markus había permanecido sumido en un profundo letargo de algo más de dos siglos, oculto en una cueva excavada en el interior de una escarpada montaña que nunca nadie se había aventurado a explorar. Al igual que muchos seres de su especie, había pasado gran parte de su vida saqueando poblados y acumulando riquezas que después había ocultado en su morada. Una vez saciada su codicia, había decido concederse un “merecido” descanso, hibernando en aquella cueva rodeado por un tesoro que realmente no le pertenecía. La leyenda del dragón dormido había sido cantada por juglares en las plazas de la isla, y transmitida de generación en generación con el propósito de mantener a los niños alejados de su guarida. Se decía que aquél que despertara al dragón pagaría su osadía con sangre. Pero poco pareció importar aquello al temerario Elexei.
            Una fría mañana invernal, a escasos meses de nuestra boda, partió con un escueto séquito – compuesto únicamente por lacayos tan sanguinarios y ávaros como él – hacia la montaña que albergaba el refugio del dragón. Mi padre estaba convencido de que regresaría con sendos tesoros que me ofrecería a modo de regalo de bodas. Mi madre me hacía rezar cada noche por tan valeroso caballero, y me repetía sin cesar que debería estar orgullosa de tener como prometido al más valiente de los cristianos. Mi visión sobre el asunto era bastante diferente. ¿Por qué perturbar el descanso de una criatura milenaria que, sin duda, aniquilaría a todos los que se cruzaran en su camino? ¿Y si su sed de sangre no quedaba saciada con aquéllos que lo habían ofendido? ¿Y si se dirigía a nuestra ciudad y decidía arrasarla hasta sus cimientos? Mujeres y niños inocentes perecerían por culpa de la osadía de unos pocos. ¿No era más prudente dejar descansar a la bestia?
            Durante días no hubo noticias de la expedición. El camino hasta la cueva del dragón era arduo y peligroso. Me avergüenza reconocer que cada noche rezaba para que aquel séquito no regresara jamás. Si mi prometido fallecía a manos del dragón, mi padre tendría que asignarme un nuevo pretendiente. Uno que, con suerte, sería más respetuoso y afable. O mejor aún, tal vez decidiera recluirme en un convento de clausura para que pudiera rendirle a Elexei el luto eterno que merecía. En esos momentos, aquélla se me antojaba la opción más deseable. Una mujer casada con Dios no tenía que servir a ningún hombre terrenal. No estaba obligada a darle hijos. No le debía obediencia. Pero mis plegarias quedaron en saco roto. La expedición regresó, apenas dos semanas después de su partida, diezmada y abatida. Habían perdido casi la totalidad de sus caballos. Más de la mitad de los hombres habían perecido, y los que quedaban con vida habían perdido alguna de sus extremidades. Elexei había regresado con un ojo menos. Su rostro había quedado deformado por una cicatriz que le atravesaba el rostro de parte a parte. Como era de esperar, su crueldad se había triplicado.
—¡Tenemos que regresar por el tesoro! —no dejaba de exigirles a nuestros padres—. Esa bestia inmunda no logrará salirse con la suya. ¡Las riquezas que guarda con tal recelo nos pertenecen!
Su padre concluyó que había perdido por completo la razón. El mío lo tildó de cobarde e impotente por haber regresado vivo, pero sin el tesoro ni la mitad de sus hombres. Aquella noche dormí más tranquila. No me cabía la menor duda de que nuestro compromiso se rompería muy pronto. Sería libre, al fin, de las cadenas que me ataban a ese ser insidioso y repulsivo. Poco podía imaginar que la libertad que había recuperado sólo unas horas antes no estaba destinada a durar.
—¡Mi señora! —me despertó la histérica voz de Tatiana, mi dama de compañía, unas horas antes de que despuntara el alba —¡Despertad! ¡Nos atacan!
Mis ojos se abrieron de golpe, dirigiéndose a la pequeña ventana de mis aposentos, desde donde pude observar con pavor cómo una criatura alada y reptiliana surcaba los cielos de nuestra ciudadela escupiendo llamaradas de fuego que reducían a cenizas todo aquello que encontraban a su paso. Un grito agudo y chirriante desgarró mi garganta. Mi dama de compañía me agarró fuertemente por los brazos y me arrastró fuera de mis aposentos. Corrimos escaleras abajo, donde los habitantes del castillo – nobles y sirvientes por igual – parecían haberse congregado. Localicé a mi padre con la mirada. Se hallaba al pie de las escaleras, envolviendo a mi madre con sus brazos. Unos brazos que antaño habían sido fuertes y vigorosos, pero que la edad había tornado flácidos e inútiles. Clavó sus ojos grises en los míos con una mirada triste y resignada que sentí penetrar mi carne. En ese momento comprendí que mi destino estaba sellado. Mi padre iba a sacrificarme de nuevo, por el bien de la familia y de nuestro pueblo.
Siempre recordaré el absoluto terror que se instaló en la boca de mi estómago cuando esos ambarinos ojos de serpiente se posaron sobre mí. Un hambre voraz pareció extenderse por ellos, sus pupilas ensanchándose hasta casi ocuparlos en su totalidad. Mi padre me indicó con un imperioso gesto de cabeza que avanzase hacia la criatura. Mis pasos eran deliberadamente lentos, lo que pareció enfurecer aún más a la bestia, pues un gruñido gutural escapó de su garganta, dejándome paralizada a mitad de camino entre la muralla de nuestro castillo y él. Apreté los puños con fuerza, obligándome a cumplir con mi cometido. Si el dragón se contentaba con poseer a la hija de uno de los nobles más poderosos de la ciudad, quizá cesara en sus intentos por destruirla. Vislumbré entonces, en la lejanía, a Elexei y su familia, huyendo a caballo de lo que ahora eran las ruinas de nuestra ciudad. Sentí la rabia tornarse fuego líquido en mis venas. ¡Si aquel malnacido no hubiese provocado al dragón…! Pero ya era tarde para buscar culpables. Ahora era momento de tratar de poner remedio a la situación. Monté en el lomo del enorme reptil, agarrándome con fuerza a sus escamas para no caer al vacío en pleno vuelo. Dirigí una última mirada a mis padres, que lloraban desconsolados en la entrada del castillo. No los defraudaría. Cumpliría con mi deber como hija y servidora del reino. Enmendaría el error irreparable que había cometido Elexei.
Volamos durante lo que me parecieron horas interminables, en las que no pude evitar vomitar en repetidas ocasiones, hasta que mi estómago quedó completamente vacío. La bestia ni se inmutó. Tal vez sus procesos fisiológicos fueran aún más desagradables que los de los humanos, y por eso los míos no le parecían tan terribles. Ríos de lágrimas brotaban de mis ojos enrojecidos, compadeciéndome de mí misma por el futuro inhóspito que me aguardaba. ¿Cómo iba a comunicarme con aquel pavoroso engendro? ¿Debía ser amable con él? ¿Por qué me había aceptado como rehén? ¿Qué planes tenía para conmigo? ¿Acaso iba a devorarme en venganza porque los hombres de mi ciudad habían perturbado su descanso? La incertidumbre carcomía mi alma desdichada. Nunca volvería a ver a mi familia. De hecho, probablemente nunca volvería a ver a otro ser humano en lo que me restaba de vida.
Llegamos a su guarida al caer la tarde. El descenso hacía la montaña se produjo a una velocidad tan vertiginosa que a punto estuve de caer al vacío. Un vacío de más de tres mil metros de altura que habría puesto fin a mi vida. Una nueva arcada me sobrevino, mas en esta ocasión sólo expulsé un poco de amarga bilis. La criatura se dejó caer gentilmente en el suelo, antes de plegar sus enormes alas. Aquélla parecía ser la señal para que me apeara. Dándome impulso con ambas manos, deslicé una pierna al lado contrario, creyendo erróneamente que el suelo se encontraba más cerca de mis pies. Caí de bruces en el mismo, con tan mala suerte que golpeé mi cabeza contra uno de los cofres que había desperdigados por la estancia. Antes de desvanecerme, sentí un líquido espeso y caliente de olor metálico descender desde mi sien derecha. Luego el mundo se volvió negro.
            Cuando desperté era ya noche cerrada. Alguien había encendido unas velas y me había envuelto con unas pesadas pieles. Una compresa húmeda cubría la parte superior de mi cabeza, y un tosco plato de madera lleno de trozos de lo que parecía ser conejo asado descansaba en el suelo junto a mí. El sabroso aroma de la comida terminó de espabilar mis sentidos, al tiempo que un hambre voraz comenzaba a tomar control de mi cuerpo. Me incorporé de un salto, sintiendo un leve mareo por tan rápido movimiento. Un carraspeo masculino captó mi atención al otro lado de la estancia.
            —Os disteis un buen golpe en la cabeza. Es mejor que no hagáis movimientos bruscos por el momento.
            Dirigí mis ojos hacia la voz que me hablaba y casi se me salen de las órbitas. Un caballero de altura considerable y cabellera negra enmarañada me observaba con curiosidad. Su mirada ambarina, que me resultaba extrañamente familiar, parecía estudiar cautelosamente cada uno de mis movimientos, como si temiera que fuera a cometer alguna torpeza. Su vestimenta era más bien escasa y consistía en unos ajustados pantalones de piel negros. Su pecho fornido lucía al descubierto, y sus pies descalzos presentaban diversas cicatrices de cierta gravedad. Dirigí la mirada de nuevo a su rostro, que también se veía deformado por alguna que otra marca de guerra, la más notable cruzándole la ceja derecha y extendiéndose hasta la frente. ¿Quién era ese hombre? Y lo más importante, ¿adónde había ido el dragón? ¿Podía tratarse de mi salvador? ¿Un valiente y gallardo guerrero que había venido a salvarme de las garras de la bestia? Una mueca burlona pareció mofarse de mis elucubraciones.
            —¿De verdad no me reconocéis, doncella? ¿Acaso los juglares no han cantado la versión correcta de mi historia? —me quedé mirándolo sin comprender. Una sonrisa tenebrosa coronó sus labios, dejando entrever una línea perfecta de afilados dientes —. Contadme, pues. ¿Qué es lo que sabéis exactamente de la criatura que mora en estos lares?
            La pregunta me pilló desprevenida. Lo poco que conocía acerca de la bestia era lo que mi ama de cría me había contado, a modo de advertencia infantil: «si no os coméis las lentejas, el malvado dragón vendrá y os devorará». Años después mi padre había corroborado su existencia, haciéndose eco de las historias que trovadores y juglares habían convertido en leyenda: un enorme reptil había venido a nuestras costas siglos atrás, amenazando con su presencia la paz del lugar. A cambio de que los dejara vivir en paz, el pueblo le concedió toda clase de riquezas, y un lugar seguro donde podría descansar, en las montañas solitarias que nunca nadie se había atrevido a escalar. Hasta ahora. ¿Pero qué tenía que ver aquel desconocido con la historia oficial del dragón?
            Una estruendosa carcajada, que se hizo eco en la tenebrosa cueva, brotó de su pecho cuando hube terminado mi narración. Me encogí de terror, la altura y la imponente fuerza de aquel hombre intimidándome por vez primera. Quizás sus intenciones no fueran del todo desinteresadas. Cabía la posibilidad de que fuera un aliado del dragón, o incluso su intérprete. Su conexión con el mundo humano y con sus rehenes de dicha especie. Retrocedí unos centímetros, estudiando cada detalle del lugar, considerando las posibilidades que tenía de escapar.
            —Es inútil —exclamó aquel extraño individuo —. No podéis escapar de mí. Vuestro padre hizo un pacto conmigo. Ahora me pertenecéis.
            El significado de aquella afirmación se me escapaba. Mi padre me había ofrecido al dragón como su consorte, no a un humano. La confusión debió verse reflejada en mi rostro, pues el extraño procedió a explicarme su versión de la historia, al tiempo que se paseaba por la estancia y hacía gestos con las manos para enfatizar sus descripciones.
—El dragón que tanto teme vuestro pueblo no es la bestia que tan hábilmente han creado esos mendrugos que se hacen llamar cuentacuentos. Es una criatura con sentimientos, que durante siglos ha sufrido el desdén y el rechazo de la raza humana en su conjunto. ¿Acaso tiene él la culpa de ser como es? ¿Pidió él ser creado así, mitad monstruo y mitad humano? Su dura piel de reptil no lo protege contra los eternos ataques que vuestra raza siempre ha dirigido contra aquellos a los que considera diferentes. ¿Creéis que yo no habría dado lo que fuera por ser como vos? ¿Creéis que disfruto de esta existencia vacía y solitaria, viviendo en una metamorfosis intermitente entre una forma humana y reptil?
            Aquello no podía ser cierto. ¿Acaso estaba intentando decirme que él era el dragón que durante siglos había sido la fuente de temores y pesadillas de los niños de nuestra isla? ¿El dragón era mitad humano, y podía mutar de un estado físico a otro según se le antojase? No daba crédito. Eso era impensable. Pura brujería. El individuo clavó sus ojos ambarinos – tan brillantes como los de la bestia que me había llevado volando hasta aquel desolado paraje – en los míos, con tal dureza que me dejó helada en el sitio.
            —De modo que no creéis en mis palabras. Supongo que, como Tomás el apóstol, tendréis que ver para creer.
            Tras pronunciar aquella funesta amenaza, el individuo apretó fuertemente los puños, dejándolos caer a cada lado de su cuerpo. Extendió la cabeza hacia atrás, de forma que su larga cabellera le llegaba a la altura de las posaderas, y cerró suavemente los ojos, como dejándose llevar por un trance inevitable. En pocos segundos, su piel bronceada comenzó a tornarse de un gris verdoso, al tiempo que sus manos se transformaban en enormes garras. Una cola puntiaguda se formó al final de su espalda, y su cuerpo pareció hacerse cuatro veces más grande. Tenía ante mí a la criatura que había desolado mi ciudad. No pasó ni un segundo antes de que volviera a desmayarme de la impresión.
            Desperté a la mañana siguiente, los pálidos rayos del sol invernal kalabrense posándose sobre mis párpados cerrados. Me estiré cual felino recién levantado, ligeramente desorientada sobre el lugar en el que me hallaba. Muy pronto los recuerdos volvieron a mí en forma de cascada desbordante. El dragón que era humano y el humano que era dragón. Si los juglares me hubieran puesto de sobre aviso podría haberme ahorrado el último desmayo. Mi estómago rugió, el hambre haciendo mella en mí. El día anterior había vaciado por completo el contenido de mi estómago y, por si fuera poco, no había ingerido alimento alguno para compensarlo.
            —Os he traído el desayuno, deberíais comer algo.
            Mi estómago dio un vuelco. El individuo, o mejor dicho el hombre-dragón, seguía allí. Habría vomitado de nuevo si hubiese tenido las fuerzas y nutrientes necesarios. Alcé la vista en su dirección y me señaló un vaso de agua junto a un plato que contenía un mendrugo de pan y una pieza de fruta. Era, sin duda, una combinación interesante. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, el hombre-dragón se apresuró a disculparse.
            —Nunca he tenido… «visitas». No sabía qué desayuna una doncella como vos —ahora parecía incómodo—. Tampoco tengo mucha variedad por aquí. Únicamente los frutos que dan los árboles que hay por los alrededores y el pan que yo mismo horneo. Para la comida y la cena puedo ir a cazar algún animal, si lo preferís. Si tenéis necesidad de algún otro alimento, siempre puedo volar hasta la aldea más cercana a realizar un rápido saqueo.
            «Un rápido saqueo». Me preguntaba qué entendía él por un rápido saqueo. ¿Tal vez chamuscar un poco la parroquia de la aldea, sin llegar a reducirla a cenizas? ¿Intimidar a los ganaderos para que le dieran una jarra de leche de vaca recién ordeñada, y después irse volando por donde había venido? ¿Atrapar un par de ciervos desprevenidos y transportarlos en su lomo de vuelta a la cueva? El hombre-dragón me dirigió una mirada muy poco amigable. ¿Era posible que entre sus poderes se encontrara el de leer la mente?
            —No me miréis con tal repulsa. Estoy haciendo todo lo que está en mi mano para que os sintáis cómoda. Lo menos que podríais hacer es mostrar un mínimo de gratitud.
            De modo que ahora se sentía ofendido. Resolví que, si bien aquella aberración de la naturaleza debía de haber hecho un pacto con Satán a cambio de sus poderes y era, por tanto, una criatura diabólica que no merecía mi compasión, me convenía tenerlo contento. Tanto en su forma humana como reptil me superaba con creces en fuerza e inteligencia. No había forma posible de que pudiera vencerlo en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Además, de mí dependía el bienestar de mi pueblo. Sólo me quedaba, pues, resignarme, y dar gracias a Dios de que aquella criatura inmunda pudiera adoptar forma humana, ya que eso me permitía comunicarme con él.
            —Lo lamento —me obligué a decir—. Tenéis razón. He sido muy desconsiderada con vos. Ni siquiera os he dicho mi nombre. Me llamo Siguile.
            El hombre-dragón asintió con la cabeza a modo de saludo.
            —Yo soy Markus.
            El hecho de que tuviera un nombre tan normal me pilló desprevenida, y me hizo preguntarme si acaso sus padres serían humanos. De nuevo, como si adivinando la dirección que estaban tomando mis pensamientos, aventuró:
            —Os sorprende que tenga un nombre tan común, ¿no es cierto? —asentí ligeramente con la cabeza—. Mi padre descendía de una legendaria estirpe de hombres-dragón. Mi madre desconocía ese hecho cuando yació con él. Mi verdadera naturaleza no se manifestó hasta que hube cumplido mis trece años humanos —una oscura carcajada brotó de su pecho, como si estuviera burlándose de su yo pasado por haber sido tan ingenuo—. Mi madre no lo soportó. Lejos de apoyarme, se unió a la horda de vecinos sedientos de sangre que me persiguieron por el pueblo blandiendo antorchas humeantes. Querían dar caza al dragón. ¡Insensatos! ¿Acaso no es por todos sabido que los humanos son el manjar más suculento para los dragones?
            Aquella afirmación me hizo estremecerme de terror. Retrocedí unos centímetros, olvidándome de nuevo de mi estómago hambriento, consciente sólo de mi deseo de escapar de esa bestia aborrecible. El dragón alzó las manos en señal de rendición. Al parecer, se había dado cuenta de lo inapropiado de su comentario.
            —Os ruego que me perdonéis. En ocasiones me dejo llevar por el odio que siento hacia vuestra raza. Pero no temáis. Hace siglos aprendí a domar a la bestia. No os haré ningún daño. A menos que me obliguéis.
            Aquella amenaza quedó flotando en el aire durante el resto de la mañana. Cuando hube dado habida cuenta de mi peculiar desayuno, Markus anunció que iba a enseñarme los alrededores de la cueva. Según él mismo afirmó, era menester que aprendiera a cazar y a recolectar los frutos que crecían en las cercanías. Las dos primeras semanas de mi cautiverio pasaron de esta forma: Markus enseñándome los entresijos de la vida en la montaña, y yo adaptándome a la independencia que supone para una mujer vivir de los frutos de su trabajo. Markus solía contarme anécdotas de los lugares que había visitado a lo largo de los siglos, aunque parecía algo reacio a revelar la fecha exacta de su nacimiento. Quizá ni él mismo la recordara. Muy pronto comprendí que su recelo hacia mi raza no estaba del todo injustificado, pues jamás un ser humano le había mostrado la más mínima brizna de cariño o respeto. Markus sólo había conocido la repulsa de aquéllos que deberían haberlo amado.
            —Por supuesto he yacido con mujeres. Pero ninguna de ellas se quedó lo suficiente como para descubrir mi secreto.
            Aquel comentario me hizo sonrojar hasta la punta de las orejas. No cabía duda de que Markus no estaba acostumbrado a la vida en sociedad, pues al principio no comprendía por qué su honesta revelación me había hecho sentir tan incómoda. Le expliqué que no era decoroso hablar de esos temas delante de una doncella. El dragón soltó una carcajada muy poco cortés, con la que dio a entender que aquella convención social le parecía de lo más absurda.
            —¿De modo que vos no habéis yacido nunca con un hombre?
—¡Por supuesto que no! —repliqué ofendidísima—. Estaba reservándome para mi prometido.
Aquello pareció captar su atención, aunque no exactamente para bien.
—¿Vuestro prometido? ¿Os referís al desalmado que vino a saquear mis tesoros?
—Tesoros que vos saqueasteis primero.
Markus me dirigió una mirada fulminante con la que redujo mi determinación a cenizas. De modo que no le hacía falta tomar forma de reptil para ganar una batalla. Le bastaba con concentrar toda su ira en aquellos ojos ambarinos.
—Vuestro prometido es un ser despreciable —el veneno corrosivo de sus palabras dejaba entrever el odio acérrimo que le profesaba—. No comprendo cómo podéis estar enamorada de un hombre así —ahora su tono parecía rencoroso.
—No estoy enamorada de él. Nuestras familias han sido aliadas durante generaciones. Mi padre decidió que era una unión sensata. Mi madre aseguraba que el amor vendría después. En cuanto a mí, nunca estuve de acuerdo con ese matrimonio. Pero una mujer de sociedad se debe a su familia y a la corona. Mi opinión no habría sido escuchada. De haberme quedado en la ciudad, habría tenido que casarme con ese ser degenerado y sanguinario.
Un incómodo silencio se apoderó de la estancia cuando hube terminado con mi perorata. Aquélla era la primera vez que le revelaba a alguien mis verdaderos sentimientos hacia el que habría sido mi futuro marido. Markus me observaba con curiosidad, una media sonrisa dibujándose en sus labios sonrosados. Me preguntaba qué rondaba por su mente en aquellos momentos. ¿Se alegraba simplemente de que no hubiera amado a su enemigo? ¿O acaso sus intenciones tenían un tinte más personal?
—¿Habéis estado enamorada alguna vez?
—No —repliqué sin pestañear.
—¿Os habéis sentido atraída físicamente por alguien?
Ante aquella insolencia aparté la mirada de su rostro y la posé sobre sus bronceados antebrazos. Un cálido rubor coronaba mis mejillas, y pude observar por el rabillo del ojo cómo Markus sonreía complacido. ¿Habría vislumbrado en mi mente las imágenes de su cuerpo semidesnudo, que me atormentaban tanto en la vigilia como en el sueño, subiendo mi temperatura corporal en al menos cuatro grados? No respondí a aquella pregunta, aunque estaba un noventa por cierto segura de que él ya tenía su respuesta. Durante las semanas que habíamos pasado juntos, una suerte de complicidad se había formado entre nosotros. Algo que tal vez podría ser considerado amistad. Markus era la primera persona que me valoraba por cómo era y no por quién era. Apreciaba mis dotes como cazadora y cocinera, y había quedado gratamente sorprendido por mis conocimientos de costura y elaboración de jabones. Markus era un hombre profundamente limpio y escrupuloso, e insistía en que nos bañáramos al menos una vez por semana. Solíamos ir a un lago de cierta profundidad que se encontraba a un par de kilómetros de la cueva. Yo observaba su cuerpo desnudo con curiosidad, guardando cierta distancia con la que pretendía darle algo de privacidad. Me pregunta si él haría lo mismo conmigo. Si, tal vez, él también se sentía secretamente atraído hacia mí.
A medida que iban avanzando las semanas, mi repugnancia hacia su doble naturaleza se desvanecía paulatinamente, dando paso a una reverencia y admiración que me hacían olvidar sus pecados del pasado. Pues, si bien era cierto que había saqueado aldeas para colectar sus botines, y que había matado hombres y mujeres inocentes en el proceso, la humanidad no le había dejado otra salida. Si le hubiese estado permitido convivir en sociedad con otros humanos, si le hubiesen dejado desposarse con una mujer y tener hijos, así como desempeñar un trabajo con el que ganarse la vida… Tal vez los saqueos no se hubiesen producido nunca. O tal vez mi adoración ciega hacia su persona me hacía justificar lo injustificable. No estaba segura de cuál eran las causas de mi delirio. Sólo sabía que Markus se había convertido en la persona con la que más había aprendido; la única que me había valorado. Y no tenía ningún deseo de volver a la civilización, donde las rígidas leyes masculinas me mantendrían supeditada a la autoridad de mi padre, y, posteriormente, a la de mi marido.
Markus solía dar largos paseos por la montaña y ejercitar los músculos cada mañana, y, en ocasiones, me proponía que lo acompañara. Notaba con satisfacción que, alejada de la vida sedentaria del castillo, había perdido algo de peso y fortalecido los músculos de brazos y piernas. Mi madre no habría dudado en tildar mi nuevo cuerpo atlético de poco femenino, pero yo me sentía encantada con él. Markus también parecía apreciar ese cambio en mi físico, pues a menudo lo encontraba dirigiendo miradas furtivas a mi busto y mi trasero.
—Estás convirtiéndote en toda una mujer —comentó una noche, como quien no quiere la cosa, mientras cenábamos junto a la lumbre. Si bien sus comentarios tan directos ya no conseguían sonrojarme como al principio, todavía no sabía muy bien cómo responder a sus atentas y apreciativas miradas.
—Gracias —acerté a replicar.
—Mañana necesito… soltar a la bestia un rato. He pensado que tal vez te gustaría acompañarme —sus ojos me contemplaron con cierto aire esperanzado—. Las últimas veces no lo has pasado tan mal, ¿verdad?
Markus estaba en lo cierto. Desde mi llegada a la guarida del dragón, habíamos hecho algunos viajes a aldeas cercanas para abastecernos de productos básicos, y habían sido más agradables que el primero. Quizá el hecho de que ahora sabía que Markus no era un monstruo sanguinario que iba a devorarme en cuanto aterrizáramos contribuía a hacer del viaje una experiencia mucho más placentera.
—Me encantaría acompañarte —respondí, una sonrisa deslumbrante coronando mis labios, a la que Markus respondió con otra de su cosecha.
Los últimos coletazos del invierno kalabrense se estaban dejando notar en forma de tormentas eléctricas. Si bien los fenómenos atmosféricos nunca me habían provocado el más mínimo terror, aquella noche los rayos caían muy cerca de nosotros con una fuerza inusitada. La humedad me calaba hasta los huesos, y las pieles que Markus me había asignado desde mi llegada no parecían ser capaces de procurarme el calor que necesitaba. Envolviéndome en ellas para atrapar mi escaso calor corporal, me incorporé de un salto, y busqué con la mirada el lecho improvisado en el que yacía Markus. No era la primera vez que dormíamos juntos, compartiendo el calor humano que desprendían nuestros cuerpos, pues el invierno era crudo y helado en las montañas kalabrenses. Me acosté contra su espalda, aferrándome a su torso desnudo con ambos brazos. Markus se dio la vuelta, de forma que nuestros ojos se encontraron en la penumbra de la noche. Alzó su mano hacia mi rostro, apartando un mechón de pelo de mi rostro para colocármelo detrás de la oreja.
            —Eres la única persona que no ha huido de mí —susurró contra mi oído—. No puedes hacerte a la idea de cuánto significa eso para mí.
—Tal vez los otros no se quedaron lo suficiente para ver más allá de las escamas. Para apreciar la belleza y la humanidad que se esconden tras esos ojos ambarinos.
Elexei nunca se había atrevido a cruzar la rígida línea que separaba a las mujeres de los barones en la alta sociedad kalabrense, por lo que nunca había hecho el más mínimo intento por besarme. De nuevo, debido a esa inexperiencia, no supe percatarme de las intenciones de Markus hasta que ya fue demasiado tarde. Tomando mi rostro gélido entre sus manos, aproximó sus labios a los míos hasta que prácticamente se tocaban. Su ardiente mirada se posó sobre mi cuerpo a modo de advertencia, antes de salvar con el suyo la nimia distancia que nos separaba. Su boca devoró la mía con la misma pasión con la que sus llamaradas habían reducido mi pueblo a cenizas. Sus manos recorrían la parte superior de mi cuerpo con un frenesí delirante, que yo trataba de corresponder a duras penas. Me sentó sobre sus caderas con un movimiento rápido y elegante, que me hizo olvidar por unos instantes el helado frío invernal que nos rodeaba. Mi madre no me había preparado para la mezcla de dolor y placer que sentí aquella noche. El dragón me tomó como su compañera, su igual. Y el pequeño rastro de sangre que derramé se convirtió en el símbolo del sacrificio que ambos habíamos realizado para llevar a cabo esa unión.
Los días venideros se sucedieron de forma apacible y sin exabruptos. Markus y yo seguíamos nuestra pequeña rutina: recolectando frutos y cazando pequeños animales de la montaña. Lejano quedaba el recuerdo de mi pueblo, si bien en ocasiones me preguntaba qué habría sido de mis padres. Markus solía llevarme volando a algunos pueblos que se encontraban relativamente cerca de nuestra guarida, por lo que aprendí datos relevantes sobre la geografía de nuestra isla. A menudo planeábamos viajes a lugares remotos y alejados de nuestra montaña, que probablemente no fuéramos a realizar nunca. A menos que nos viéramos obligados a emprender una huida rápida e improvisada.
Fue unas semanas después de nuestra unión. En retrospectiva, era algo que debería haber visto venir, dada la personalidad violenta de Elexei, y el orgullo masculino de mi padre. Vinieron armados hasta los dientes, presididos por las dos figuras varoniles que habían dirigido mi vida hasta entonces. Era ya noche cerrada. Nos encontraron juntos en el lecho, abrazados y cubiertos con pieles, mi cabeza descansando sobre su pecho desnudo. Mi padre dejó escapar un bufido de disgusto, seguido por las carcajadas bufonas de los lacayos que los seguían. Al parecer, les resultaba gracioso que la hija de una de las familias más respetadas y acaudaladas de Kalebra hubiese yacido con el infame dragón. Elexei exudaba odio por cada poro de su piel. Traté de incorporarme para cubrir la parte superior de mi cuerpo con las pieles, pero un fuerte bofetón me devolvió al suelo cortándome el aire. Markus saltó sobre Elexei, transformándose en el aire en su otra mitad. Ambos aterrizaron sobre el duro suelo de la cueva, el cuerpo del que había sido mi prometido asumiendo la totalidad del impacto. El chasquido de su cuello al partirse taladró mis oídos. Su cuerpo quedó sepultado bajo el peso del dragón. Aquélla parecía una muerte de lo más apropiada para un ser de su calaña: ridícula e indigna, como había sido él en vida. Algunos lacayos trataron de huir tras la grotesca escena, mas quedaron atrapados por las llamaradas de Markus. No me cabía duda de que sus alaridos de dolor se dejaron sentir en toda la isla, mientras morían calcinados en la entrada de nuestra guarida. Mi padre observaba a su enemigo masacrar a sus hombres, impotente y abatido. Se dejó caer de rodillas a mi lado, sosteniendo mi mirada sin ocultar el profundo asco que ahora me profesaba.
—Vinimos a rescatarte de las garras de esa bestia. Armamos a nuestros mejores hombres. Creímos que esta vez seríamos capaces de vencer. Arriesgamos nuestra vida por ti. ¡Elexei ha muerto por ti! ¡Por una puta que ha ofrecido su virginidad a una aberración de la naturaleza!
—¡No habléis así de él! —le exigí, gritando a pleno pulmón—. Markus es ahora mi compañero, y destrozaré a cualquiera que intente interponerse en nuestro camino.
El que había sido mi padre me observó con una mirada incrédula que no tardó en transformarse en una mueca burlona y desafiante. Una carcajada que pretendía ser amenazante escapó de su garganta.
—¿Destrozarme? ¿Una simple doncella como tú? ¿Olvidas que fui general del ejército kalabrense y que estoy entrenado en el arte de la guerra? ¿Qué puede hacer una niña indefensa y bobalicona contra un hombre como yo?
            Aquel comentario hiriente fue la gota que colmó el vaso. Durante años había tenido que soportar las vejaciones que supone ser mujer en una sociedad dominada por hombres. No se nos permitía aprender a defendernos en una confrontación física, a riesgo de que plantáramos cara a nuestros padres o maridos. La sociedad nos trataba como meros jarrones decorativos: bellos y frágiles por fuera, huecos por dentro. Un trofeo del que presumir. Una máquina de placer y de producción de niños. No nos tomaban en serio. No se tenía en cuenta nuestras opiniones. Y cuando tratábamos de rebelarnos, los hombres que nos oprimían incrementaban la fuerza de su agarre. En muchos sentidos, comprendía la discriminación a la que Markus había sido sometido durante siglos, pues era comparable a la que las mujeres hemos sufrido desde los albores de los tiempos. Los hombres blancos temen aquello que no conocen o no pueden controlar. Mi padre era un claro ejemplo de ello. Por eso debía ser eliminado.
Tanteé con la mano por debajo de las pieles hasta encontrar el puñal con el que desollábamos a los conejos. Markus me había enseñado cómo atravesar con él a nuestras pequeñas víctimas sin que éstas sintieran dolor alguno. Era como cortar mantequilla. Su vanidad y soberbia no le dejaron ver el peligro inminente. Desgarré su cuello arrugado con un suave movimiento de muñeca. La sangre manó de la herida abierta como un río de espesa tonalidad borgoña. Sus ojos se clavaron en mí, aterrados. Toda la seguridad masculina que siempre lo había caracterizado se había evaporado de repente. Su desdén hacia el que se considera “sexo débil” se había desvanecido para siempre. Saboreé su último jadeo moribundo. Ninguna criatura inocente volvería a experimentar su tiranía opresora.

            Dejé caer el arma homicida junto al cadáver exangüe de mi víctima y me dirigí hacia el que era ahora mi compañero. Ambos éramos conscientes de que no podíamos permanecer por más tiempo en nuestra guarida. La guarida que había sido testigo de nuestro amor durante tantas semanas. El lugar en el que había tomado conciencia de que la verdadera humanidad no se esconde necesariamente tras costosos ropajes, sino que podemos hallarla si nos esforzamos por ver más allá de unas frías escamas. Pero no nos dejarían vivir tranquilos. Otros vendrían a darnos caza. La humanidad nunca descansaba en su odio acérrimo por todo aquello que es diferente. Me monté sobre su lomo y partimos en busca de un lugar mejor. Un lugar donde no existiera discriminación alguna por sexo, raza o cualquier otra condición. Un lugar que, por desgracia, todavía hoy parece estar aún por descubrir. 

jueves, 13 de julio de 2017

Descenso a los infiernos

¡Buenas noches, queridos lectores! Hoy os traigo el relato que presenté para el concurso literario de la Universidad de Valencia (y del que no he resultado ganadora). Espero que lo disfrutéis, si bien es bastante oscuro, y no menos "gore". No obstante, en el momento en que lo escribí (y todavía hoy) considero que trata un tema social que (por desgracia) está a la orden del día en nuestra sociedad: la violencia machista. Sin más dilación, aquí os dejo el relato:


Contemplé mis manos temblorosas bañadas en un vívido rojo carmesí. El cuchillo resbaló entre mis dedos hasta caer con un golpe seco en el frío suelo marmóreo. Una miríada de imágenes se agolpaba en mi mente, pasando de una a otra a una velocidad vertiginosa. Lágrimas comenzaban a formarse en la comisura de mis ojos, nublándome la vista. Volviendo borrosa la hasta hacía unos minutos impoluta habitación. Posé la mirada sobre mis ropajes harapientos, sobre mis pies desnudos cubiertos de sangre. Tendría que frotar con brío para eliminar el rastro del crimen. Para borrar de mi cuerpo toda traza del tuyo. Los violentos recuerdos que se me habían grabado a fuego en el alma serían más difíciles de eliminar. El presente y el pasado se entremezclaban con furia en mi memoria, exigiendo mi total atención. Solo un pensamiento coherente se abría paso en mi mente trastornada: tenía que salir de allí.
        
¿Cuándo había comenzado aquel infierno? Mis febriles recuerdos se remontaron a aquella tibia mañana de abril, el sol acariciando mi piel olivácea, la suave brisa marina meciendo suavemente mi trenzado cabello. La vida había parecido tan fácil entonces. Una enorme bola de pelo había venido corriendo en mi dirección, como atraída por una fuerza magnética imparable. El dorado Labrador Retriever se abalanzó sobre mí antes de que pudiera apartarme, la taza del café que estaba tomándome en ese momento volando por los aires, antes de hacerse añicos en el suelo de la terraza.
        
—¡Hermes! —lo llamaste en un tono firme y autoritario que no admitía réplica. Un tono que en los años venideros aprendería a temer más que a la propia muerte.
        
El perro dio un salto y salió disparado, cual flecha, a tu encuentro. Durante el tiempo que permanecimos juntos siempre me pregunté si Hermes habría sufrido en algún momento la violencia de la que yo era objeto en tus manos. Si el monstruo con el que había decido pasar el resto de mi vida era capaz de torturar, mutilar y humillar a un animal inocente de la misma forma en que lo había hecho con su esposa. Pero tan pronto ese pensamiento cruzaba mi mente se desvanecía. El perro no había hecho nada para merecer ese trato, yo sí. O al menos eso me hacías creer mientras rasgabas la piel de mis muslos con un afilado cuchillo de cocina. «No volverás a ponerme en evidencia», repetías una y otra vez, una mortífera letanía que se confundía en el aire con mis desgarradores aullidos de dolor. La prístina alfombra blanca había quedado teñida por una vibrante tonalidad escarlata: la inocencia mancillada por la violencia más absoluta. La fragancia sanguinolenta había impregnado  la estancia, intoxicando mis sentidos con su metálico efluvio.
        
—Disculpe, señorita. Hermes es un perro muy impulsivo y a veces no controla su fuerza.
        
Aquella fue la primera vez que nuestras miradas se encontraron. Tus ojos, gélidos como glaciales, se posaron sobre los míos, estudiándome con un aire desafiante. Inclinaste la cabeza a un lado, una media sonrisa dibujándose en tus labios. ¿Qué rondaba por tu mente en aquellos instantes? Tal vez la promesa de una mujer dócil y obediente a tus pies. Tu mirada penetrante atravesaba mi piel, abriéndose paso hasta el rincón más recóndito de mi alma. ¿Intentabas descifrar los secretos que se ocultaban bajo mis ropajes? ¿Confundías mi timidez con sumisión? ¿Imaginabas lo bien que te sentirías cubriendo mi piel morena de cicatrices y moretones?
        
—Oh, no se preocupe —repliqué—. Parece un perro muy dócil.
        
Tu sonrisa se ensanchó entonces, dejando al descubierto unos dientes frontales algo torcidos, con las palas superiores ligeramente separadas, aunque esa pequeña imperfección siempre me había resultado atrayente. Me recordaba que eras humano, después de todo. Aunque en ocasiones te comportaras como un monstruo.
        
—Gabriel, para servirla.
        
Extendiste la mano para que te la estrechara. Era cálida, si bien áspera y rugosa, delatando la naturaleza artesanal de tu oficio. Siempre supe que no eras un intelectual, y nunca me importó, a pesar de que tú te empeñaras en creer lo contrario. Si respondía a tus reproches con palabras elevadas me tildabas de pretenciosa. Suponías que me sentía superior a ti. Y quizá lo era, después de todo.
        
—Encantada —repliqué, liberando mi mano de tu firme y opresivo apretón. Flexioné los dedos un par de veces, ligeramente adoloridos por tu férreo agarre. En retrospectiva, aquel gesto fue un augurio, una promesa envenenada de lo que vendría después—. Yo me llamo Cora.
         
Lo nuestro no fue amor a primera vista. Quizá la soledad que me embargaba en aquellos momentos fue la razón por la que finalmente decidí aceptar tu propuesta. La seguridad que mostrabas en ti mismo, y de la que yo siempre había carecido, me hacía sentirme a salvo a tu lado, protegida. Desoí las voces que se alzaban contrarias a nuestra relación. No me importó la diferencia de edad. Siempre había sido una persona muy madura, y aparentaba más años de los que en realidad tenía. Los chicos de mi edad no me atraían, se me antojaban infantiles y ególatras. En aquellos momentos de oscuridad, tu llegada fue como un regalo del cielo. Pasarían años hasta que me diera cuenta de que tu amabilidad no era más que pura fachada. Tus zalamerías, mera palabrería que se contradecía con tus repetidas palizas y vejaciones. El ángel que yo había imaginado era en realidad un demonio, y mi descenso a los Infiernos se vio completado cuando decidimos irnos a vivir juntos.
        
Ocupaste la silla vacante que se encontraba frente a mí, Hermes posándose fielmente a tus pies. Por alguna extraña razón, la devoción que el perro mostraba hacia ti me provocó un ligero pinchazo de envidia. En casa nunca se nos había permitido tener mascotas ni a mi hermana ni a mí, por lo que no estaba acostumbrada a tales muestras de amor incondicional por parte de tan fiel amigo. Un amor que yo deseaba desesperadamente para mí…
        
Desperté de repente, en la más oscura penumbra. Parpadeé un par de veces en un vano intento por ajustar la vista a la lúgubre atmósfera que impregnaba la habitación. No recordaba haber llegado a aquel lugar indeterminado por mi propio pie. No reconocía la estancia, ni las delicadas sábanas de seda sobre las que yacía. Paseé la mano por la suave tela bajo mi cuerpo, deleitándome en la fina textura del material, captando a través del tacto los detalles que permanecían ocultos en las tinieblas.
        
Tenía la cabeza embotada, como sumida en un trance hipnótico que no me permitía pensar con claridad. La ficción se confundía con la realidad. ¿Acaso estaba soñando? Pero acababa de despertar. Acababa de liberarme de los brazos de Morfeo, con quien había paseado por montañas nevadas, surcado ríos de lava y flotado en blancas y esponjosas nubes, suaves y tiernas como algodones. La oscuridad era real. La luz solo me estaba permitida en sueños.
        
Unas fuertes pisadas se acercaban con una celeridad vertiginosa. El repiqueteo de las botas contra el suelo de mármol quedaba levemente ahogado por la puerta cerrada, a mi izquierda. El corazón se me iba a salir del pecho. Sus galopantes latidos se acompasaron con tus pasos apresurados. Unos pasos que reconocería en cualquier parte. Lágrimas se agolpaban en la comisura de mis ojos, para después deslizarse suavemente por mi rostro.
        
La puerta se abrió con un golpe brusco. El chirrido de las bisagras atravesó mis oídos como un puñal envenado. Tu rostro quedó parcialmente iluminado por un foco de luz ambarino, la determinación escrita en tu gélida mirada, la violencia desdibujando la perfecta simetría de tus rasgos afilados. Me encogí de pavor, aferrando las sábanas con una fuerza inusitada, hundiéndome en el mullido colchón sobre el que me hallaba tendida. Deseando, como tantas otras veces, poder camuflarme con el mobiliario de la estancia. Volverme invisible ante tu mirada hambrienta.
        
—Te advertí lo que pasaría si volvías a desobedecerme. Podríamos haber sido felices juntos. Pero tenías que estropearlo todo. Tenías que involucrar a tu familia en esto. ¿Creías que una orden de alejamiento iba a detenerme?
        
La escasa luz que se filtraba por la puerta entreabierta arrancó brillantes destellos al cuchillo que blandías en tu mano derecha. Un cuchillo que conocía bien, pues habías marcado y desfigurado mi cuerpo con él en múltiples ocasiones. Y como tantas otras veces me sentí paralizada por la anticipación del ataque, la certeza de lo que estaba a punto de suceder. Los recuerdos en los que se apoyaba mi agitada imaginación mantenían mi cuerpo cautivo. 
        
Había sido una mañana de lo más fructífera. Por fin me había decidido a retomar los estudios, ser alguien de provecho. Quería que mi hermana se sintiera orgullosa de mí, demostrarle al mundo que podía resurgir de mis cenizas y triunfar en aquello que me propusiera. Aquellos planes habían sonado tan bien en mi cabeza. La semana anterior había hecho acopio de valor y cubierto parte de las cicatrices de mi espalda con un tatuaje del Ave Fénix. El tatuador era cliente de mi hermana, por lo que nos había hecho un precio especial. Ella había elegido un diseño más discreto, en blanco y negro, de la diosa griega Themis. «La justicia es ciega e igual para todos», solía decir, la abogada que había en ella creyendo que el sistema podría darme la satisfacción de verte por fin entre rejas.
        
Ella fue la primera en detectar las marcas en mis muñecas. Había venido a visitarme a casa una tarde, aprovechando que tú estabas en el trabajo. Nunca le gustaste. Desde el principio intuyó que había una oscuridad en ti que iría consumiendo mi luz paulatinamente, hasta conseguir que se desvaneciera por completo. Pero nunca sospechó que ese momento fuera a llegar tan pronto.
        
Su mirada contrariada se había posado primero en mis manos, describiendo una ruta ascendente hasta llegar a mis brazos, cubiertos por una fina camisa de manga larga. Me preguntó si no tenía calor. Mis mejillas, encendidas por la vergüenza y el pánico a ser descubierta traicionaron mi respuesta. Con un rápido movimiento de muñeca me remangó la camisa, dejando al descubierto los moretones causados por las cuerdas con las que solías atarme cada noche. Sus fríos dedos acariciaron las heridas, trazando intrincados patrones que trataban de ejercer sobre mí un efecto calmante. Un efecto que cada vez sentía con menor frecuencia.
        
Al principio traté de resistirme a sus súplicas, apartando de un suave manotazo sus amables gestos. Estábamos atravesando una mala racha. Tú trabajabas demasiado y eras un hombre celoso. No soportabas el hecho de que pasara tiempo fuera de casa. Tenías miedo a perderme, porque yo era la persona más importante en tu vida. Solías enumerar mis carencias como ama de casa. Tenía que poner más empeño. Trabajar en mis escasas dotes culinarias. No podía limitarme a ser una mantenida. Tenía que esforzarme por hacerte feliz, por hacer que te sintieras orgulloso de mí. Tus golpes eran la forma que tenías de mostrarme que estabas enamorado de mí. Tu forma de enseñarme disciplina.
        
Theresa se quedó de pie escuchando mis inconexas tribulaciones, la rabia apenas contenida tomando posesión de su rostro ovalado. Trató de hacerme entrar en razón. El amor no se demostraba a golpes. Pero yo me resistía a aceptar sus palabras. No conocía ningún otro tipo de amor más que el que tú me habías enseñado. Aquella tarde se marchó, ofuscada y con los ojos vidriosos de lágrimas impotentes. Tendría que haberme imaginado que su presencia no te pasaría inadvertida. Captaste la fragancia afrutada de su perfume tan pronto pusiste un pie en la casa. Tu mirada colérica se posó sobre mis manos temblorosas, aferradas al respaldo de una de las sillas del salón como si la vida me fuera en ello. Como si una simple pieza de mobiliario fuera a servirme de protección contra ti. Y quizá lo habría hecho, si hubiese tenido la fuerza, física y mental, para utilizarla como arma.
        
No volví a ver a mi hermana hasta una semana después, cuando vino a verme al hospital. La versión oficial era que me había caído por las escaleras (siempre había sido muy torpe y despistada), fracturándome varias costillas en el proceso. Theresa, la precavida abogada, había redactado una demanda de divorcio. Las letras impresas en el documento se veían borrosas y difusas, las lágrimas derramándose, cual gotas de lluvia, sobre la superficie del papel. La jerga legal se me escapaba. No podía hacerle esto a Gaby. Se pondría furioso. ¿Dónde iría si me echaba de casa? No tenía trabajo ni amigos. Te habías asegurado de despojarme de todo aquello que me definía como persona durante los años que habíamos permanecido juntos.
        
—No estás sola, Cora —me recordó mi hermana—. Todavía tienes a tu familia. Eso es algo que jamás podrá arrebatarte.
        
Ya no le tenía miedo a la muerte. Me habías convertido en una autómata. Una muñeca rota sin sueños ni metas. Ya no le tenía miedo a la muerte, pues vivía en un perpetuo estado soporífero, interrumpido aquí y allá por tus intermitentes palizas. ¿Qué sentido tenía esforzarse por sobrevivir? ¿Acaso había algo que me atara a este mundo?
        
—Podrías retomar los estudios —sugirió mi hermana—. Papá y yo podríamos ayudarte a costearlos. Después de todo, siempre fuiste la más brillante de la familia.
        
Pero ambas sabíamos que aquello no era cierto. Mi inteligencia había brillado por su ausencia en los años recientes, siendo sustituida por la fe más ciega y mortal. Sentí la yema de sus dedos acariciar mi mejilla amoratada, una solitaria lágrima deslizándose por su rostro maquillado, que aterrizó en nuestras manos unidas. ¿Había una posibilidad, por remota que fuera, de escapar de aquel infierno? ¿Me atrevería a soñar con la libertad?
        
Atravesaste la estancia con pasos elegantes y calculados, casi felinos. Tu mirada perforaba mi carne, una mezcla de desafío y cólera dilatando tus pupilas de depredador asesino. Todo el miedo que sentía hacia ti se había desvanecido de repente, el más puro odio tomando su lugar con una inquebrantable voluntad de venganza. La historia se acababa aquí. Uno de los dos iba a morir esa noche. Y no iba a ser yo.
        
Te dejaste caer suavemente sobre la cama, a escasos centímetros de mis pies. Nunca ibas directo al grano. Dejabas que la rabia te consumiera poco a poco, hasta que tomaba posesión de tu cuerpo por completo. Primero dotabas a tu voz de una textura gentil y comprensiva. Te dirigías a mí con un tono paternalista y condescendiente, como si yo no fuera más que una niña que ha cometido una falta imperdonable y necesita una seria reprimenda. A veces parecías olvidar que yo era una persona adulta, tu igual. No un ser inferior al que tenías que disciplinar.
        
—Voy a darte una última oportunidad, Cora —me advertiste con un rancio aire de solemnidad. Como si yo estuviera interesada en aceptar tu oferta envenenada. Como si tuvieras derecho a darme otra «oportunidad»—. Se acabaron los juegos. No volverás a hacerme daño. No volverás a involucrar a tu familia en nuestros asuntos privados.
        
Sentí la rabia arder en mis venas como puro fuego líquido. Los años de golpes y humillaciones volvieron a mí en forma de imágenes a cámara rápida, alimentando el odio que sentía hacia ti. Me aferré a esa determinación que durante años me había sido esquiva, y que solo había conseguido recuperar alejándome de ti. No iba a consentir que destrozaras aquello que me había costado tanto construir.
        
Las rugosas yemas de tus dedos acariciaron dulcemente la parte interior de mi tobillo, como solías hacer antes de que el horror comenzara. A veces me preguntaba si aquellas caricias enfermizas eran parte de algún ritual macabro con el que pretendías torturarme, o si esa era simplemente tu forma de deleitarte con mi cuerpo, anticipando la satisfacción que sentirías después marcándolo con una interminable sucesión de cicatrices y magulladuras.
        
—Te vi esta mañana en la cafetería con él —el venenoso desdén con el que te referiste a Mark tornó en hielo la lava que había corrido por mis venas hacía solo un par de segundos. ¿Habrías sido capaz de ponerle la mano encima? Si bien mi instinto de conservación había estado desaparecido en combate en los últimos tiempos, mi mente había compensado su ausencia desarrollando un instinto sobreprotector sobre mis seres queridos. Mark se había convertido en un pilar fundamental durante mi recuperación, animándome a retomar los estudios de Bellas Artes. Incluso a diseñar mi propio tatuaje. Tendría que haberme figurado que, a pesar de la orden de alejamiento, seguirías monitorizando cada uno de mis movimientos. Tendría que haberme dado cuenta de que la pesadilla no terminaría hasta que te hiciera desaparecer definitivamente de la faz de la tierra.
        
—No tengo por qué justificarme ante ti, Gaby —repliqué, lágrimas de rabia e impotencia pugnado por abrirse paso a través de mis ojos—. Lo nuestro, si es que alguna vez hubo algo entre nosotros más allá de violencia y sumisión, se ha terminado. Está roto. Tú te encargaste de destruirlo.
        
La perplejidad que se apoderó de tu rostro ante mi inesperada y airada respuesta se vio incrementada cuando aparté tus dedos de mi tobillo con un manotazo nada sutil. Tus amenazas nunca antes habían sido respondidas. Tus reproches siempre habían sido aceptados con lágrimas en los ojos e innumerables disculpas por mi imperdonable conducta. La fortaleza y determinación que ahora mostraba te pilló totalmente desprevenido. Y yo utilicé esa pequeña baza en mi beneficio, tal y como Mark me había enseñado.
        
Fijo las palmas de mis manos en el duro colchón, tomando impulso para golpear tu pecho con las plantas de los pies. Caes al suelo de espaldas. Tu cabeza impacta contra el elegante suelo marmóreo, produciendo un ruido sordo que es música para mis oídos. Un gemido de dolor escapa de tus labios, mas no me permito saborear la victoria tan pronto. Me incorporo de un salto, buscando desesperadamente entre las sombras el cuchillo que traías contigo. Tu mano agarra mi tobillo, zarandeándolo violentamente hasta hacerme caer al suelo a tu lado. Mi mano busca a tientas el cuchillo, al tiempo que mis piernas lanzan patadas al aire, en un vano intento por liberarme de tus garras. Mas no permito que la desesperación haga mella en mí. No he llegado tan lejos para desfallecer ahora.
        
—¿Crees que eres lo suficientemente fuerte como para vencerme? —una lúgubre carcajada vibra en mi mano a través de tu pecho—. Nunca lo fuiste, Cora. Por eso te elegí. Nunca fuiste capaz de valerte por ti misma. Nunca pudiste defenderte de mí. Tu hermana te ha metido ideas en la cabeza que no son más que castillos en el aire. Cuando despiertes, y te des cuenta de que todo esto no era más que un sueño, la caída será terrible. Y yo no estaré ahí para recogerte.
        
Concentro en un puño todas mis energías y golpeo con él tu pecho ingrato. Un aullido de dolor desgarra tu garganta. Mi pie impacta contra tu estómago, una y otra vez, como tú tantas veces hiciste conmigo en el pasado. Me arrastro por el frío suelo, en busca del cuchillo o de algún objeto contundente con el que poder defenderme. Tus uñas afiladas desgarran la piel de mis pantorrillas, y siento la sangre brotar de mis heridas abiertas, refrescando en su viaje descendente cada centímetro de piel descubierta.
        
Mis dedos entran en contacto con el mango del cuchillo. Me aferro a él como si la vida me fuera en ello. Mi vida depende de ello. Golpeo tu mandíbula con la base del arma doméstica. Te encojes de dolor, sujetando tu rostro con ambas manos. Consigo ponerme de rodillas, mis ojos se encuentran al mismo nivel que los tuyos. Observas en ellos la determinación y la sed de venganza que me consumen. Por primera vez, creo advertir en los tuyos un atisbo del miedo que tú infundías en mí. La primera puñalada te pilla desprevenido. La sangre mana de tu pecho como una cascada escarlata. Me quedo contemplándola, hipnotizada. La segunda es más certera, directamente en el corazón, de la misma forma en que tú destrozaste el mío. Pierdo la cuenta de cuántas veces la hoja penetra tu carne. Un frenesí sanguinario ha tomado posesión de mi cuerpo y no me permite poner fin a la carnicería, hasta bien después de que exhales tu último aliento. 

        
Contemplo mis manos temblorosas bañadas en un vívido rojo carmesí. El cuchillo resbala entre mis dedos hasta caer con un golpe seco en el frío suelo marmóreo. La fragancia sanguinolenta impregna  la estancia, intoxicando mis sentidos con su metálico efluvio. La inocencia ha sido mancillada por la más absoluta violencia. Solo un pensamiento coherente se abre paso en mi mente trastornada: tengo que salir de aquí.

sábado, 1 de julio de 2017

The White Tuxedo

“Lo he visto antes en algún lugar”, pensé, al tiempo que mis ojos se posaban con disimulo sobre su esbelta figura. Estaba un noventa por ciento segura de que no se trataba de un miembro de la policía científica. Dada su apariencia atlética y robusta, todo parecía indicar que estaba más bien acostumbrado al trabajo físico, si bien es cierto que varios miembros de mi unidad se mantenían en buena forma, sin dejar por ello de ser ratas de laboratorio. “Quizá James ha trabajado en algún caso con él”, aventuré, “y por eso me resulta tan familiar”. Detuve la mirada unos segundos sobre su estrecha cintura. El tuxedo color blanco se ceñía a ella con una precisión exquisita, como si se tratara de un guante de piel hecho a medida. Un molesto hormigueo comenzó a extenderse por mis dedos, al tiempo que un anhelo irracional tomaba posesión de mi cuerpo. Imaginaba cómo sería el tacto de aquella tela blanca entre mis dedos, lisa y aterciopelada, carente de imperfecciones. El hormigueo se hizo más intenso, instándome a que extendiera los dedos hacia la prístina tela…
            
—Disculpe, señorita —una sorprendida voz de barítono me devolvió bruscamente a la realidad. Parpadeé dos veces, como si eso fuera a ayudarme a superar el estado de embeleso en el que me había visto sumergida, tan sólo unos segundos atrás—. Su rostro me resulta familiar. ¿Nos hemos visto antes?
            
Alcé la vista de forma que pudiera mirar directamente a los ojos de mi interlocutor. El portador de aquel traje de ensueño estaba dirigiéndose a mí. A pesar de su semblante serio e imponente, sus ojos transmitían un aura de mofa y diversión, como si estuviese disfrutando de una broma privada. “¿Y si se ha dado cuenta de que me he quedado embobada mirando su traje?”, aposté, al tiempo que sentía una fuerte ola de calor posarse sobre mis mejillas. El extraño sonrío, mostrando una fila de dientes cuyo esmalte parecía verse seriamente dañado, muy probablemente por el frecuente consumo de tabaco. Reprimí una mueca de aversión. Mi dentadura estaba muy lejos de ser perfecta y, por tanto, no tenía derecho a juzgar la de los demás, me recordé. Fijé la vista de nuevo en sus ojos, sólo para detectar una nueva imperfección en su physique: al sonreír, unas finas líneas de expresión se habían formado en las comisuras de los mismos. “Debe de rondar los cuarenta”, sentencié, para a continuación recordar que aquel extraño acababa de hacerme una pregunta. La musicalidad de su acento no dejaba lugar a dudas, el extraño de dientes amarillos era irlandés, y, al parecer, también le sonaba mi cara.
            
—Eso creo, señor —repliqué, esforzándome al máximo para que la voz me temblara lo menos posible. Nunca se me ha dado demasiado bien eso de lidiar con desconocidos—. Pero me temo que ahora mismo no consigo ubicarle. ¿También se dirige a la fiesta? —añadí, señalando con la mano su elegante traje. El extraño asintió.
            
—El capitán tiene la mala costumbre de organizar una fiesta cada vez que a su mujer se le ocurre donar fondos para alguna causa benéfica —replicó molesto—. Si tanto le preocupan los pobres, que los acoja en su casa, o les dé la mitad de su fortuna, en lugar de dar discursos vacuos ante una multitud de hipócritas vestidos de Armani.
            
La dureza de sus palabras me recordó al fervor enfurecido con el que James solía describir a la esposa de nuestro capitán. A pesar de que llevaba algo más de dos años trabajando en la comisaría de Ravensville, un pequeño pueblecito situado al norte del condado de Lancaster, ésta era la primera vez que el capitán había tenido a bien invitarme a una de las famosas fiestas benéficas de su mujer. Para la ocasión me había puesto uno de los elegantes vestidos que mi tío solía enviarme desde París, y que yo había relegado sin remordimiento alguno al baúl destartalado y lleno de polvo que conservábamos en el desván. Charlaine había recogido mi larga melena azabache en un moño alto que, según ella misma afirmaba, acentuaba mis rasgos aniñados. Una gruesa capa de maquillaje ocultaba al mundo mi eterna palidez, al tiempo que me hacía parecer una persona totalmente diferente. No me reconocía en el espejo del ascensor. La extraña que me devolvía la mirada no podía ser Victoria Dubois. “James tenía razón después de todo”, sentencié. “El secreto para encajar en este tipo de eventos es disfrazarse de payaso y comportarse como tal”.
            
—¿Trabaja usted para la científica? —preguntó directamente, tras unos segundos de intenso escrutinio. La brusquedad con la que había formulado la pregunta me pilló un poco por sorpresa, si bien aquel extraño de acento irlandés no parecía ser la clase de persona que se anduviera por las ramas.
            
—Así es. Soy Victoria Dubois, médico forense del turno de día —me presenté, al tiempo que le tendía la mano para que me la estrechase.
            
—Aidan O’Connor —replicó, apretando mi mano suavemente, pero con firmeza—, detective del turno de noche.
            
Todo pareció encajar en ese momento. Por supuesto que no lo había reconocido en aquel traje tan caro y ostentoso. Se había afeitado la descuidada barba pelirroja y desenredado la enmarañada cabellera rizada que había captado mi atención unos meses atrás. Sus penetrantes ojos color turquesa lucían ahora despiertos y vigilantes, en lugar de inyectados en sangre, como solían estar cada mañana en el ascensor de la comisaría. No cabía duda de que Aidan era un ave nocturna. Posé la mirada sobre su impoluta camisa blanca, que había sustituido a sus raídas camisetas de Iron Maiden y Metallica.
            
—Usted trabaja con John Silver —no era una pregunta. La rivalidad entre los tenientes Silver y Martínez era legendaria. Nadie tenía las agallas de comentarla en voz alta, pero los miembros de ambos equipos eran lo suficientemente inteligentes como para no confraternizar. Hasta ahora.
            
—Y usted trabaja con Jennifer Martínez —concluyó, una sonrisa traviesa dibujándose en su rostro—. Me temo que no la había reconocido sin sus sudaderas de gatos y sus vaqueros azules. Aunque debo reconocer que el color de este vestido realza considerablemente el tono de su piel.
            
¿Se estaba mofando de mí? Quizá estuviera deleitándose en el dulce sabor de la venganza por todas las veces que James le había dirigido una mirada desdeñosa y amenazante. A pesar de ser afroamericano, y de haber vivido el racismo en su propia piel, James había desarrollado un odio patológico hacia todo aquello que fuera irlandés desde que el novio de Charlaine la hubiera dejado embarazada dos años atrás. Patrick se había marchado poco después de que diera a luz, dejándola sola, sin dinero, y con un hijo al que alimentar. Aidan le recordaba al que había sido su cuñado, el mismo acento engañoso, el mismo tono de pelo, el mismo país de origen. James había decidido que ese hombre no era de fiar.
            
—Debo confesar que yo tampoco lo había reconocido a usted, pues hoy va elegantemente ataviado, y hasta parece que se ha duchado.
            
Aidan soltó una carcajada divertida ante mi comentario que, lejos de haberlo ofendido, pareció simplemente haberlo cogido por sorpresa. Charlaine solía decirme que la gente tendía a hacerse una idea equivocada sobre mí basándose en mi apariencia. Mi rostro angelical y atuendo infantil les llevaba a pensar que era una muchacha tímida e inocente, con escasas habilidades sociales. Por eso, cuando tenían la oportunidad de conocer a mi verdadero yo, solían comprobar con asombro que sus predicciones acerca de mi personalidad habían resultado ser, en su mayoría, poco acertadas.
            
Después de lo que me había parecido una eternidad, el ascensor llegó por fin a nuestro destino. El capitán había escogido el salón de eventos del hotel Ice Palace, situado a las afueras del pueblo, para acoger a los doscientos invitados que iban a donar parte de sus fortunas con el fin de hacer del mundo un lugar mejor. Posé la mirada de nuevo sobre mi acompañante, específicamente en su costoso esmoquin, y me pregunté de dónde lo habría sacado. Un detective de la comisaría de Ravensville no podría permitirse un traje tan caro, ni aun ahorrando todos sus sueldos durante el resto de su vida. Quizá se lo habían prestado, o a lo mejor se trataba de un traje alquilado.
            
—Es de mi padre —indicó, como si hubiera seguido mi línea de pensamiento y quisiera satisfacer mi curiosidad—. Es su traje de bodas. Mi abuelo se lo regaló, y lo ha conservado desde entonces. Suerte que somos de la misma talla —añadió, una sonrisa amable dibujándose de nuevo en su rostro.
            
Aparté la mirada, muerta de vergüenza. ¿De verdad mis pensamientos eran tan fáciles de leer o es que el detective O’Connor tenía poderes telepáticos? A juzgar por las veces que mi falta de discreción nos había metido a Charlaine y a mí en algún que otro lío, me incliné por la primera opción. En el futuro, debía tener más cuidado en camuflar mis emociones. Sólo esperaba que mis suposiciones acerca de su poder adquisitivo, o la falta del mismo, no hubieran ofendido a Aidan.
            
—He oído que es usted hispano-francesa —confesó, ofreciéndome su brazo con gentileza. En cualquier otra ocasión habría rechazado educadamente tal ofrecimiento por parte de un extraño, pero dada mi falta de práctica en el arte de caminar con tacones, me vi obligada a aceptarlo con presteza. Mi nuevo amigo esbozó una sonrisa triunfante con disimulo, al tiempo que entrábamos por primera vez en la enorme sala de banquetes.
            
—Así es. Nací en España, pero he pasado gran parte de mi vida en Francia, con mi tío y mi primo.

            
Busqué a James con la mirada a través de la abarrotada estancia. La suya se posó sobre mi acompañante, una mueca de asco formándose en su rostro al instante. Tragué saliva en un intento por deshacer el nudo que se había formado en mi garganta. Poco podía imaginar que aquél no sería el único sinsabor que nos depararía la noche…